Hablar de “reuma” en conversación cotidiana sirve para referirse a prácticamente cualquier dolor articular. En consulta, sin embargo, empleamos el reuma término con precisión: reuma no es una sola enfermedad, sino un paraguas que engloba más de doscientos enfermedades reumáticas. Algunas son predominantemente inflamatorias, como la artritis reumatoide o la espondiloartritis; otras se deben al desgaste del cartílago, como la artrosis; y también hay cuadros autoinmunes sistémicos, como el lupus o el síndrome de Sjögren, que comprometen órganos alén de las articulaciones. Comprender esa diversidad evita esperanzas poco realistas y, sobre todo, orienta decisiones al día que pueden marcar la diferencia entre un brote discapacitante y una semana llevadera.
En la práctica, lo que la gente llama problemas reumáticos acostumbra a iniciar con rigidez matutina, dolor que mejora o empeora con la actividad, hinchazón de las articulaciones, fatiga, o sensación de “crujidos”. Las pistas clínicas, junto con la exploración física y ciertas pruebas, separan una tendinopatía por sobreuso de una sinovitis inflamatoria que requiere tratamiento precoz. Lo más importante: no existe una regla que sirva a todos. Dos pacientes con dolor de rodillas pueden tener enfermedades y rutas terapéuticas absolutamente diferentes.
Qué es el reuma y qué no es
Si alguien me pregunta que es el reuma, respondo que es un conjunto de enfermedades del aparato locomotor y del tejido conectivo, ciertas degenerativas y otras inmunomediadas. No equivale a “vejez”, no es sinónimo de artrosis, y no siempre y en toda circunstancia viene con deformidad visible. En jóvenes, por poner un ejemplo, info sobre reuma la lumbalgia inflamatoria de una espondiloartritis puede pasar como “contractura” por meses, hasta que la rigidez matinal de más de 30 minutos delata el componente inflamatorio.
También conviene desterrar mitos. El frío no causa artritis reumatoide. Los “depósitos de ácido úrico” no aparecen por comer una gambas de más, sino más bien por una predisposición a hiperuricemia que, con determinados excesos, se descompensa. Los complementos milagro de colágeno sin supervisión no corrigen un déficit estructural del cartílago. La ciencia ayuda a distinguir el estruendos de las señales.
Causas biológicas: genética, inmunidad y desgaste
En los cuadros inflamatorios, el sistema inmune participa de forma desorganizada. En artritis reumatoide, linfocitos y células sinoviales desencadenan una cascada de citocinas que inflaman la membrana sinovial y dañan el hueso lindante. Esa activación se apoya en una predisposición genética de base, modulada por factores ambientales. Por eso en exactamente la misma familia observamos varios casos, con severidad variable.
En las espondiloartritis, el antígeno HLA-B27 es un marcador frecuente, si bien no exclusivo. No todos y cada uno de los portadores desarrollan la enfermedad, pero su presencia eleva el peligro y orienta el diagnóstico si hay dolor lumbar que lúcida de madrugada y mejora al moverse.
La artrosis, por su lado, es una degeneración progresiva del cartílago articular. No es “inflamación” en el sentido inmunitario, aunque existen chispas inflamatorias locales que amplifican el dolor. El cartílago pierde su capacidad de repartir cargas, el hueso subcondral se esclerosa, aparecen osteofitos. En rodilla, cadera y manos, esto se traduce en dolor mecánico que empeora con el esfuerzo y mejora con reposo relativo.
Hay entidades mixtas y sistémicas. El lupus eritematoso sistémico involucra autoanticuerpos que pueden inflamar articulaciones, piel, riñones y otros órganos. La gota acumula cristales de urato en articulaciones y tejidos blandos, con brotes intensos y asimétricos que ceden entre ataques.

Nada de esto ocurre en el vacío. La biología se cruza con la vida cotidiana: tabaquismo, infecciones, microbiota, microtraumas repetidos y hormonas pueden inclinar la balanza.
Factores de riesgo: lo que acostumbra a estar detrás cuando llegan los síntomas
Si pensamos en riesgos, los reúno por de qué manera los veo en consulta.
Edad y sexo. Muchas enfermedades reumáticas tienen picos de incidencia definidos. La artrosis medra con la edad, pero la artritis reumatoide aparece con cierta frecuencia entre los 30 y los 50 años. Las mujeres presentan más lupus y artritis reumatoide, seguramente por interacciones hormonales e inmunológicas, al paso que la gota es más común en hombres hasta la menopausia.
Genética y antecedentes familiares. Progenitores con gota o hermanos con espondiloartritis no condenan, mas aumentan probabilidades. En mi experiencia, las familias que conocen su riesgo consultan ya antes y se benefician de intervenciones tempranas.
Peso y composición anatómico. Un IMC elevado sobrecarga las articulaciones de carga, acelera la artrosis y, además de esto, fomenta un ambiente proinflamatorio por adipocinas. He visto rodillas mejorar de forma notable con pérdidas del siete al diez por ciento del peso, aun sin fármacos nuevos.
Tabaco y exposición ambiental. El tabaco no solo empeora el curso de la artritis reumatoide, asimismo interfiere con la respuesta a terapias biológicas. Exposiciones ocupacionales, como sílice, se han relacionado con riesgo de autoinmunidad.
Metabólico y dieta. La hiperuricemia, terreno de cultivo de la gota, se liga con consumo habitual de alcohol, bebidas azucaradas, carnes procesadas y mariscos en exceso. Riñones con función disminuida complican la eliminación de urato.
Microbiota e infecciones anteriores. Algunos cuadros artríticos reactivos siguen a infecciones gastrointestinales o genitourinarias. Y cada vez entendemos mejor el papel del microbioma intestinal en la modulación de la inflamación.
Estado sensible y sueño. Agobio crónico y mala calidad de sueño sensibilizan vías del dolor. En fibromialgia, por servirnos de un ejemplo, el eje es la amplificación central, y un mal reposo vuelve intolerable lo que antes era molestia leve.
Cómo se diagnostican los problemas reumáticos sin perder tiempo
El error común es atribuir todo a “tendinitis” o “desgaste” sin una evaluación básica. El proceso que prosigue un reumatólogo combina clínica, pruebas de laboratorio e imagen. La entrevista detallada orienta: dolor inflamatorio que lúcida por la noche, rigidez larga al levantarse, articulaciones hinchadas, fiebre, lesiones cutáneas, sequedad de mucosas, dolor ocular, fotosensibilidad. La exploración busca derrames, calor local, restricción del rango de movimiento y entesitis.
En laboratorio, pedimos velocidad de sedimentación globular y proteína C reactiva para cuantificar inflamación, además de factor reumatoide y anticuerpos anti-CCP si sospechamos artritis reumatoide. En lupus, ANA y perfiles concretos. En gota, ácido úrico sérico, que no siempre está elevado durante el brote agudo. Las imágenes se ajustan al caso: radiografías para poder ver espacio articular y osteofitos, ecografía para valorar sinovitis y erosiones incipientes, y en determinadas dudas, resonancia magnética.
La meta no es coleccionar pruebas, sino afinar el diagnóstico y decidir la estrategia. Iniciar un medicamento modificador de la enfermedad en los primeros meses de artritis reumatoide cambia el pronóstico a diez años. Esa es una razón fuerte de porqué asistir a un reumatólogo cuando los síntomas cumplen patrones de alarma.
Brotes: qué los precipita y cómo reconocerlos a tiempo
Un brote es un empeoramiento transitorio de la actividad de la enfermedad. Puede desencadenarse por infecciones intercurrentes, cambios bruscos de medicación, agobio intenso, excesos dietéticos en gota o, en artrosis, por sobrecargas puntuales. En invierno veo más reagudizaciones por la suma de infecciones respiratorias y menor actividad física.
Los signos de brote inflamatorio son bastante consistentes: articulación caliente, tumefacta, dolor que empeora con reposo, rigidez matutina prolongada y, a veces, febrícula y fatiga acusada. En artrosis, el brote se manifiesta como dolor mecánico más agudo con derrame leve en rodilla o dedos que se “atascan” al flexionar. Detectar el patrón propio deja intervenir en 24 a cuarenta y ocho horas, lo que evita encadenar semanas malas.
Prevención práctica: pautas que funcionan en la vida real
Las recomendaciones generales funcionan mejor cuando se personalizan. Comparto estrategias que suelo ajustar con mis pacientes, con sus matices.
Movimiento bien dosificado. El reposo absoluto empeora la rigidez y la pérdida muscular. Programas de ejercicio de bajo impacto 3 a cinco veces a la semana dismuyen dolor y mejoran la función. Natación, ciclismo estático, marcha en terreno plano y trabajo de fuerza con bandas flexibles son pilares. En artrosis de rodilla, descargadores laterales en fuerza y propiocepción marcan diferencia. Resulta conveniente iniciar con sesiones cortas, ajustar al día y aceptar que habrá días menos productivos.
Pérdida de peso sostenible. No son dietas relámpago. Son ajustes modestos y consistentes: platos con mitad verduras, proteína magra suficiente, hidratos de carbono integrales, bebidas sin azúcar. En pacientes con gota, limitar cerveza, licores y bebidas con fructosa reduce brotes, si bien no sustituye el tratamiento con alopurinol cuando está indicado. Reducciones de 5 por ciento del peso ya se traducen en menos dolor y mejor movilidad.
Fortalecimiento y alineación. Las férulas de pulgar para rizartrosis o plantillas bien adaptadas para pie pronado alivian carga y evitan compensaciones. La fisioterapia dirigida enseña a activar glúteo medio, cuádriceps y musculatura escapular, músculos que estabilizan y reparten fuerzas.
Higiene del sueño y manejo del estrés. Dormir siete a ocho horas mejora la percepción del dolor y la inflamación. Técnicas de respiración, mindfulness, terapia cognitivo conductual y, cuando corresponde, apoyo sicológico. He visto pacientes que, al regular horarios y luz nocturna, dismuyen calmantes.
Vacunación y control de infecciones. En quienes utilizan inmunosupresores, vacunarse contra gripe, neumococo y otros patógenos recomendados disminuye dificultades y, por rebote, reduce brotes posinfección.
Adherencia y ajuste de medicación. Saltarse dosis de FAMEs como metotrexato por temor a efectos desfavorables acostumbra a derivar en brotes evitables. La clave es comprobar efectos, ajustar dosis o mudar estrategia, no interrumpir sin plan. Los biológicos y los inhibidores JAK se manejan con vigilancia angosta y analíticas periódicas.

Educación y diarios de síntomas. Anotar qué comió, cuánto durmió, ejercicio y nivel de dolor durante dos a tres semanas revela patrones. Un paciente con brotes de gota descubrió que su “zumo natural” matinal era jugo de uva con alta carga de fructosa. Cambió a agua y fruta entera, y los ataques redujeron.
Señales de alarma que justifican consulta prioritaria
No todo dolor articular puede esperar. Estas situaciones merecen atención rápida:
- Hinchazón visible y dolor articular que dura más de seis semanas, sobre todo con rigidez matinal prolongada. Dolor lumbar con rigidez que lúcida de madrugada en menores de 45 años, que mejora con movimiento. Primer brote de dolor articular intenso, con enrojecimiento y fiebre, compatible con gota o con infección articular. Dolor torácico, falta de aire, úlceras orales persistentes, erupciones fotosensibles o edema con sospecha de lupus u otra enfermedad sistémica. Pérdida de fuerza, hormigueo o perturbaciones neurológicas asociadas a síntomas reumatológicos.
Tratamientos: de los calmantes a las terapias dirigidas
El tratamiento se estratifica y se personaliza. Para artrosis, el primer escalón combina educación, ejercicio, pérdida de peso, paracetamol o antiinflamatorios puntuales y, en rodilla, inyecciones intraarticulares de corticoide cuando hay derrame. Las infiltraciones de ácido hialurónico tienen beneficio modesto y variable. La cirugía, en casos avanzados, devuelve función con prótesis de alta calidad, mas es conveniente agotar medidas conservadoras y llegar en el momento conveniente, ni antes ni demasiado tarde.
En artritis reumatoide, el estándar es comenzar pronto un FAME. Metotrexato prosigue siendo columna vertebral por eficacia y costo, con leflunomida, sulfasalazina e hidroxicloroquina como alternativas o complementos. Si no alcanzamos remisión o baja actividad, pasamos a biológicos como anti-TNF, anti-IL-6, abatacept o rituximab, o a inhibidores JAK en indicaciones específicas. La meta es clara: remisión o la menor actividad posible. Ajustamos dosis de corticoides al mínimo y por el menor tiempo, pues elevan peligros metabólicos y óseos.
La gota requiere dos frentes: el ataque agudo con colchicina, AINE o corticoide, y el control en un largo plazo con hipouricemiantes como alopurinol o febuxostat, titulados para sostener ácido úrico por debajo de seis mg/dl, o 5 si hay tofos. Suspender alopurinol en pleno brote por opinar que “lo provocó” es un fallo común que perpetúa los ataques.
En enfermedades sistémicas como lupus o vasculitis, el arsenal incluye hidroxicloroquina, corticoides cuidadosamente dosificados, inmunosupresores como micofenolato o ciclofosfamida, y biológicos en casos refractarios. La vigilancia de órganos es tan esencial como el control del dolor.
Vida laboral, deporte y pequeños ajustes que suman
La persona con inconvenientes reumáticos no debe resignarse a “dejar de hacer” sin explorar adaptaciones. Cambiar una herramienta, ajustar la altura de una mesa o alternar tareas reduce cargas puntuales. En oficinas, teclados ergonómicos y pausas programadas evitan brotes de dolor en manos y cuello. En profesiones físicas, la educación en técnica de levantamiento y el uso de fajas en momentos específicos, no permanentes, protegen sin atrofiar.
En deporte, prosigo una regla simple: progresión lenta, pluralidad de estímulos y días de descarga. Un corredor con artrosis inicial de rodilla alternó carrera suave en tierra con bicicleta y trabajo de fuerza un par de veces a la semana. Redujo volumen total, mejoró tiempo de contacto y evitó picos de dolor. La perseverancia es más valiosa que la intensidad ocasional.
El papel del reumatólogo en el largo plazo
La razón de porqué asistir a un reumatólogo no se restringe al diagnóstico. La especialidad aporta seguimiento y ajuste fino. Los fármacos potentes requieren monitorización periódica de función hepática, nefrítico, recuentos sanguíneos y riesgos infecciosos. Además, muchas resoluciones no son blanco o negro: en qué momento escalar a biológicos, cómo espaciar dosis si hay remisión, en qué momento es razonable intentar reducir medicación, cómo regular con traumatología para una prótesis, o con nefrología si aparece proteinuria en un lupus.
El reumatólogo también actúa como educador y coordinador. Deriva a fisioterapia concreta, valora la necesidad de terapia ocupacional, prepara al paciente para viajes o cirugías programadas ajustando medicación para disminuir al mínimo riesgos. Y algo que no siempre y en todo momento se menciona: ayuda a distinguir dolor inflamatorio de dolor centralizado. He visto pacientes etiquetados de “artritis resistente” que, al trabajar el componente de sensibilización central y el sueño, redujeron en más de la mitad su consumo de calmantes.
Expectativas realistas y calidad de vida
No hay una cura universal para todas y cada una las enfermedades reumáticas. Sí existen remisiones prolongadas, control sintomático alto y vidas plenas con adaptaciones inteligentemente escogidas. Una persona con artritis reumatoide bien tratada puede planear un embarazo, viajar y sostener un trabajo exigente, sin negar que habrá periodos de ajuste. Un paciente con gota puede disfrutar de su gastronomía favorita con moderación y ácido úrico controlado. Alguien con artrosis puede regresar a subir escaleras sin miedo tras un programa de fuerza progresiva.

El hilo común de los casos que mejor evolucionan es la combinación de tres cosas: entender el propio diagnóstico, actuar sobre los factores que se pueden modificar, y acudir a revisiones que permitan adelantar inconvenientes. En la medida en que cada cual se apropia de su proceso, “reuma” deja de ser un término difuso y se convierte en un conjunto de resoluciones informadas.
Mini guía de autocuidado a lo largo de un brote
- Reduce carga en la articulación afectada a lo largo de veinticuatro a 72 horas, sin inmovilizar totalmente. Movilización suave y rango de movimiento dentro del dolor aceptable. Aplica frío local en brotes inflamatorios 10 a 15 minutos varias veces al día. En artrosis mecánica sin derrame, el calor suave puede calmar. Revisa medicación pautada para rescate, como AINE o colchicina, según tu plan acordado con el reumatólogo. Vigila signos de alarma, como fiebre alta, enrojecimiento marcado o dolor intenso al mínimo movimiento, que sugieren infección y requieren valoración urgente. Retoma progresivamente el plan de ejercicio una vez ceda la inflamación, priorizando fuerza y control neuromuscular.
Una última idea para llevarse a casa
El término reuma abarca enfermedades muy distintas entre sí. Las causas combinan genética, inmunidad, mecánica y hábitos. Los factores de riesgo se pueden modular en parte, y la prevención de brotes no es un secreto, sino una suma de prácticas consistentes. Las resoluciones oportunas, como consultar cuando aparece rigidez matutina prolongada o un dolor que despierta de madrugada, marcan el rumbo. Y detrás de esa brújula está la experiencia clínica de un reumatólogo, que traduce ciencia en planes de vida específicos. Si comprendemos el terreno y nos movemos con criterio, el cuerpo responde mejor de lo que acostumbramos a meditar.